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Entre luciérnagas descubrí el hogar de la “Comandante Jacinta”

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Absolutamente ebrio, con el pulso tembloso y la lengua enredada. Así estaba aquel hombre al final de una jornada que apenas comenzaba. Se trataba de la filmación de un cortometraje en las playas de Caño Copey, en el estado Miranda. Debido a un problema con la cámara, no habíamos podido iniciar las grabaciones a la hora prevista y comenzaba a oscurecer. Finamente, luego de muchos intentos, ya todo estaba listo… excepto el foquista. Este peculiar oficio, propio del cine, consiste en mantener enfocado el personaje u objeto que está siendo grabado, a pesar de los movimientos. Ello implica que debe tomar medidas, hacer cálculos y mover con su mano el foco, con mucha precisión, al tiempo que el camarógrafo está filmando una escena. Debido a la larga espera, en medio de un ambiente playero, resultó muy tentador para nuestro amigo relajarse con algunos tragos.

“¿Y ahora qué hacemos?”, pareció resonar en el medio de aquella situación. Rápidamente, el director y su asistente optaron por llamar a un viejo amigo, director de fotografía y camarógrafo oriundo de la zona, que al saber que estaríamos grabando allí se había puesto a la orden en caso de requerir su ayuda. El día aún tenía salvación.

En mi rol de asistente de producción con vehículo propio, recibí la instrucción de ir, junto con el asistente de dirección, a buscar a quien sería nuestro foquista de emergencia. Pedro Laya era su nombre. De inmediato nos encaminamos y poco a poco nos fuimos adentrando en vías cada vez más espesas, llenas de matorrales, mientras la noche se nos venía encima. Había luna llena y la ruta lucía particularmente tenebrosa, sin imaginarnos que esto se pondría cada vez más intenso. En determinado momento mi acompañante me dice que debemos salirnos de la vía y tomar un camino de tierra, según las indicaciones que había recibido por teléfono.

Rodamos un buen trecho por un camino que luchaba por no dejarse vencer por el monte, donde apenas quedaban vestigios de las sendas marcadas por los cauchos de quienes circulaban a diario por la vía. De repente, pasamos cerca de un pequeño río donde asombrados pudimos distinguir a alguien practicando un rito que probablemente era de santería, por las velas y las figuras que tenía sobre una tabla, mientras medio cuerpo estaba dentro del agua. Tragamos grueso y continuamos adentrándonos.

Vimos un sitio donde habían algunas plantas que parecían esconder algo de la vista de cualquier extraño. Mi compañero me aseguró que habíamos llegado, así que debíamos bajarnos y caminar a través de los delgados troncos de esos arbustos para llegar a la casa de Pedro Laya. Todo estaba tan oscuro que dejé encendidas las luces de mi camioneta para poder ver por donde caminábamos. En ese momento tuve una visión mágica: el lugar estaba repleto de luciérnagas que revoloteaban a nuestro alrededor. De inmediato, el ruido que hacíamos al caminar alertó a alguna habitante del sitio sobre nuestra presencia. Fue entonces cundo escuché un sonido que me resultó inevitablemente escalofriante. Era una voz aguda de anciana, perfecta para identificar a alguna bruja perversa en una película de terror. “¿Quién anda ahí?”, grito la mujer en medio de aquella oscuridad que solo interrumpían la luna llena y las luciérnagas.

Una vez que explicamos quiénes éramos y a qué íbamos, la señora nos dio la bienvenida, nos hizo pasar amablemente y nos explicó que Pedro era su hijo, quien estaba bañándose en ese momento. Caminamos junto a ella unos veinte metros, hasta la entrada de una humilde y solitaria casita de bahareque. Al entrar nos sentamos en unas sillas muy sencillas y a la luz de las velas pudimos distinguir su rostro y darnos cuenta que esa señora, allí en medio de la nada, en pleno Barlovento, era nada menos que Argelia Laya, destacada luchadora social, guerrillera en sus años juveniles (conocida como la Comandante Jacinta), fundadora y presidenta del partido MAS y Senadora de la República, en tiempos del Congreso Nacional bicameral. Ante nuestra cara de asombro, nos explicó que ella vivía en esa casa porque allí nació, allí estaba enterrado su ombligo y allí quería ser enterrada cuando muriera. Con mucha autenticidad nos habló de cómo se organizaba de tal modo que subía a Caracas dos veces por semana (cuando tenía sesión en el Congreso) y del resto permanecía en esa humilde vivienda, sin contar con luz eléctrica, tal como había sido desde que ella nació. Nos mostró que sólo se mantenía en contacto con el mundo exterior a través de un radio transistor a pilas. Mientras esperábamos a su hijo, nos brindó un licor hecho en casa, típico de la zona llamado “quemaito”, como para asegurarse de que la experiencia sensorial fuera completa.

Finalmente Pedro ya estaba listo para irse con nosotros a la filmación, así que tomamos el camino de regreso, luego de cruzar nuevamente el telón imaginario que creaban las luciérnagas con su coreografía aérea.

De aquello hace ya 25 años, pero ese día fue realmente mágico y siempre recordaré la sencillez de aquella mujer de pueblo que dedicó su vida a luchar por la gente y, en especial, por conquistar los derechos que le correspondían a la mujer en la sociedad venezolana. Barloventeña de pura cepa, me recordaba a mi abuela Concepción López (Conchita), su paisana de San José de Río Chico. Argelia murió en 1997 dejando un gran ejemplo.

Hoy quise escribir de ella porque casualmente llegó a mis manos una bolsita de “Tostones Laya” (ver imagen), fábrica instalada en Barlovento y bautizada en su honor, en el año 2008.

Para más información:

http://heroinas.blogspot.com/2013/03/argelia-laya.html

http://marianelatovar.blogspot.com/2010/11/argelia-laya-comandante-jacinta-pionera.html

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Pedro Laya, más o menos con la edad que tenía en aquel momento

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Los “Tostones Laya” que conocí hoy (en el reverso aparece la imagen de Argelia Laya señalada con un círculo rojo)

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A propósito del Gabo, Vargas Llosa y el boom latinoamericano…

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El Boom Latinoamericano es definido como un fenómeno literario y editorial surgido en los años 60 y 70 en América Latina. En ese periodo, un grupo de jóvenes autores rompieron el esquema tradicional de la literatura, con el realismo mágico como común denominador y con una riqueza narrativa que sacudió los cimientos de Europa”. Sus principales representantes fueron Gabriel García Márquez de Colombia, Mario Vargas Llosa de Perú, Julio Cortázar de Argentina y Carlos Fuentes de México. Entre otros escritores vinculados con este movimiento se encontraban los venezolanos Salvador Garmendia y Adriano González León (1931-2008). Con éste último tuve la maravillosa oportunidad de compartir una breve, grata y circunstancial amistad, gracias a una serie de conferencias literarias que ofreció a modo de cursos para interesados en la literatura, entre los años 1986 y 1987. Allí, con la tranquilidad de disponer de todo el tiempo que requiriera para transmitir sus conocimientos, a diferencia de lo que seguramente le sucedía con su programa de televisión “Contratema”, que mantuvo por varios años, nos transportaba con fascinación por los escritos más relevantes de las diferentes épocas de la historia de la humanidad. Por cierto, recomiendo leer el exquisito texto que sobre él publicó Boris Muñoz, en enero pasado en http://prodavinci.com/2014/01/12/artes/memorias-de-adriano-un-strip-tease-sentimental-por-boris-munoz/

En 1968 recibe el reconocimiento internacional luego de ganar el premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral, con su novela País Portátil (llevada al cine en 1979 por Iván Feo y Antonio Llerandi). A partir de ese momento se convierte en una referencia local del boom latinoamericano. Su apasionada curiosidad y búsqueda de información competía de igual a igual con su amor por la enseñanza y eso hacía que su audiencia quisiera escucharlo siempre un poco más, como exprimiendo el mayor cúmulo de conocimiento posible. En esas conferencias literarias, primero en la sede del Ateneo de Caracas y luego en el Colegio de Médicos del Estado Miranda, en El Bosque, Adriano era capaz de continuar la conversación más allá del final de la sesión, especialmente si lo hacíamos al borde de una barra amigable. Era tal su necesidad de compartir y la nuestra de recibir, que incluso se organizaron encuentros sociales en casas de algunos participantes. Recuerdo con especial cariño uno en Charallavito, donde un privilegiado balcón que miraba hacia El Ávila nos permitió disfrutar de una puesta de Sol espectacular, ante la que Adriano nos invitaba a apreciar cómo al pasar de las horas vespertinas era posible distinguir diferentes tonalidades sobre el cerro.

Gracias a Adriano descubrí el Poema de Gilmamesh, la obra de Baudelaire, Breton y el manifiesto surrealista, entendiendo que para los seguidores de esa corriente la belleza estaba representada por “por el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas”. Gracias a Adriano supe de la existencia de los poetas malditos y, en especial, de Rimbaud. En esas “conversas” sabrosas en una tasca, pude compartir con él un texto que había escrito en mis tímidos intentos literarios motivado por el impacto que causó en mí la obra de Jorge Luis Borges. Nunca sabré si fue simple cortesía, pero por lo que me dijo, no le disgustó el texto que le leí aquella noche, entre espejos y laberintos.

Asiduo participante de la peña de intelectuales venezolanos conocida como “La República del Este”http://diariodelosandes.com/content/view/24633/ y también de La Cátedra Libre del Humor Pedro León Zapata, en la UCV, Adriano cultivó amistades de día y de noche.

Por eso, cuando aún se rinden homenajes al Gabo por su reciente desaparición física y se escuchan en Caracas las palabras claras y contundentes de otro Premio Nobel, Mario Vargas Llosa, opinando sobre la situación venezolana y diciendo que él quiere mucho a este país porque incluso aquí tiene muchos amigos escritores, varios de los cuales lamentablemente ya no están, como él mismo lo dijo, no pude evitar recordar a aquel hombre que llegó a codearse con ese selecto “dream team” de escritores latinoamericanos y que tuve la suerte de conocer y tratar a finales de la década de los 80. Unos 20 años después, al encontrarlo casualmente en una calle de Las Mercedes, e intentar refrescarle la memoria acerca de quién era yo y de dónde nos conocíamos, solo atinó a decirme: “¡Imagínate! ¡Yo le he dado clases y conferencias a tanta gente en mi vida..!”. Sin embargo, agradezco a la vida que me permitiera “despedirme” de él aquel día, pues moriría uno o dos años después.

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Adriano con Vargas Llosa

Contratema

En su programa “Contratema”

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Los títulos de sus conferencias eran realmente atractivos, aquí se pueden leer algunos

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Cuando Juan Pablo II nos visitó en Montalbán

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El 27 de enero de 1985, el Papa Juan Pablo II llegó a la explanada de Montalbán (luego esa zona sería urbanizada y bautizada con el nombre del pontífice). Para ese entonces yo tenía 19 años y unos pocos meses antes había comenzado a estudiar en la UCAB. El día anterior había ido de visita a casa de un amigo en Montalbán 2 (yo vivía en Montalbán 1) y en su casa había un gran alboroto por ver a Juan Pablo II al día siguiente. Otro amigo y yo que estábamos allí, nos contagiamos con la emoción y nos unimos a u grupo de aproximadamente 12 muchachos y muchachas que se estaban preparando para quedarse toda la noche. Nos fuimos a pie para la explanada y allí permanecimos (como pudimos) hasta el día siguiente. A media noche el frío pegó fuerte y prácticamente nos acurrucamos unos con otros para darnos un poco de calor. A pocos minutos de la llegada del Papa y viendo que comenzarían a cerrar con cordones las parcelas en las que se encontraba la gente, fui rápidamente a los baños portátiles antes de que comenzara el acto. Adivinen lo que sucedió… no pude volver a ingresar a mi parcela porque ya habían cerrado los accesos. Me tocó arrimarme a un ladito de la vía de circulación y esperar a que llegara el papamóvil para ver a lo lejos a quien será canonizado este domingo 27 de abril, exactamente 9 meses antes de que se cumplan 30 años de su paso por Montalbán.